El tipómetro, discreta herramienta de trabajo que cabe en cualquier sitio, es un testimonio de nuestros tiempos universitarios. Lo llevábamos siempre en nuestra carpeta azul de cartón, entre los folios de los apuntes, y lo conservamos ahora en algún cajón de nuestro escritorio.
Lo habíamos comprado en octubre de 1974, recién empezado
el segundo año de carrera, siguiendo las indicaciones de Luis Arranz Ayuso, el profesor de Historia y Técnicas de Composición e
Impresión. El establecimiento donde se vendía era un edificio de la calle Princesa número 65, sede de la imprenta
y fundición tipográfica Richard Gans, histórica empresa que lo fabricaba desde 1888.
Con el tipómetro hacíamos los ejercicios de composición de páginas, sobre unas hojas tipo tabloide. Medíamos y contábamos letras, espacios y líneas de texto para aplicar correctamente los puntos Didot. Nos organizábamos en equipos de cuatro o cinco alumnos. Uno de los grupos lo integrábamos Juan José Revuelta Plaza, Higinio del Río Pérez, Carlos Rubio, Salomón Sanz Cabrera y Alejandro Vega Fernández. (Salomón, que trabajaba en el diario PUEBLO, era ya entonces un destacado confeccionador profesional).


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