Felipa Polo Asenjo, la "tía de los estudiantes", de la calle de Libreros
Alfonso ÁLVAREZ
En pleno corazón de Madrid, cerca de la antigua Universidad y del desaparecido Conservatorio de la calle de San Bernardo, en una callejuela secundaria que parte de la Gran Vía madrileña, se encuentra la calle de Libreros. Calle estrecha y corta, donde se ubican nueve librerías, de mayor o menor tradición, que han dado un carácter especial a esta calle.
En una de estas librerías se encuentra, tras el mostrador,
como viene siendo habitual desde hace treinta y siete años, nuestro personaje:
Felipa. Yo quiero que me llamen Felipa a secas; el que me llama “la Felipa”,
pues me molesta, y el que me dice “Doña Felipa” me cansa.
Felipa, mujer de muchos años, pero muy bien
conservada, nació en Loranca de Tajuña, provincia de Guadalajara. Allí despertó
su afición a los libros, aunque “lo que más me gustaba era hacer punto”, nos
decía.
Se instaló en la calle de Libreros en el año 1945 -había
sitio-; no tenía ningún motivo especial para instalarse en esta calle, a la
que librerías como Doña Pepita o La Casa de la Troya han hecho conocida fuera
de Madrid en ambientes universitarios.
Primeros años
Fueron años difíciles, sin dinero, con libros de dos
y tres pesetas. Pero aun siendo años austeros, Felipa opina que se vendían más
libros antes. Ahora se hacen muchas fotocopias. Además se repiten mucho,
muchas ediciones y muchas editoriales, comenta uno de los sobrinos que, junto
a su hermano, ayudan a la “tía” a llevar la librería en la actualidad.
Aunque en un principio era una vida dura, difícil,
Felipa recuerda esos años con añoranza: Eran años de austeridad y respeto, que
ahora hay menos. Había otras relaciones más sinceras, en especial con los
estudiantes, de los que guarda no pocos recuerdos gratos.
Leemos en uno de los cuadros que tiene dentro de la
tienda: “A Felipa, nuestra encantadora amiga y colaboradora, como recuerdo de
la noche del 24 de octubre de 1959. La Tuna Universitaria de Madrid, Escuela
Social”.
Me trae un recuerdo alegre. Lo improvisaron ellos un
viernes y vinieron un sábado a decírmelo. Ya no le hacen este tipo de
homenajes. Los estudiantes de ahora no se acuerdan de los libreros en momentos
así.
-
¿Han cambiado mucho los gustos de los lectores en
estos años?
-
Ha cambiado el dinero. Antes había menos; ahora, si
hay, no lo sé.
El tedio o la tristeza ya no se combate con libros.
Felipa sí lo hace y nos recomienda su libro preferido: “El espejo de ti mismo”, que aunque estés triste te pone alegre, o “Camino de perfección”; es la
literatura de una mujer que vive entre libros y que se considera sin cultura y
humana, que con su experiencia nos aconseja sed buenos, sin hacer mal a nadie;
prácticos, porque lo que no es práctico no interesa. Hablar con el interior; el
exterior dejarlo. La hipocresía, nada.
Libros usados
Dejando a un lado la parte humana de nuestro
personaje, lo que más caracteriza a las librerías de esta calle, en general, es
la compraventa de libros usados, idea que ya estaba desde un principio en la
mente de Felipa, pero que por razones económicas ha abandonado al ser escasos
los beneficios que aporta su venta.
Por otra parte, la compra de libros usados, que
suponía un gran beneficio a los estudiantes, llevó a la suspicacia de ciertas
personas a vender libros robados o de ciertas bibliotecas públicas, ante lo
cual Felipa optó por pedir el carnet de identidad o pasaporte a quienes
quisieran vender algún libro.
Felipa, a quien la edad no reprime en absoluto sus
ganas de trabajar, pasa -como sus sobrinos- siete horas y media en la tienda,
encargándose de servir a los compradores los libros y cobrando. No quiere
sentirse inútil, ser un estorbo.
-
¿Trabaja mucho diariamente?
-
Hombre, hijo, si no no se come.
-
Y después de cerrar la librería, ¿qué hace?
-
Después, a la iglesia. No voy mucho, sabes: los
domingos.
(Publicado en ABC el jueves 2 de
septiembre de 1982).



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