domingo, 12 de abril de 2026

Fundamentos de la información periodística especializada

 





















Madrid, 1993. 200 páginas.

Ed. Síntesis.

 



Javier Fernández del Moral escribió este libro en colaboración con Francisco Esteve Ramírez.

Recoge en él contenidos y fundamentos de la disciplina conocida como Información Periodística Especializada (IPE). Un útil manual para los estudiantes de Ciencias de la Información. Da las claves para penetrar en el mundo de la especialización y convertir cada especialidad en algo comunicable y objeto de información periodística.






sábado, 4 de abril de 2026

Jean-Jacques Lévy, fotógrafo en primera línea



 Fernando GRANDA 


"La fotografía es instante detenido. Efímera eternidad… la mirada tiene un nombre: Jean-Jacques Lévy… una vida apasionante, donde la aventura de ver confluye con la aventura de vivir. Pocos hombres, cámara en ristre, tienen la dilatada, intensa y variada experiencia, desde el campo de batalla hasta los salones del Elíseo”, escribió en su momento el cineasta Gonzalo Suárez. El fotógrafo Jean-Jacques Lévy falleció en la francesa Alsacia a los 89 años. Fue uno de los referentes gráficos de Associated Press (AP). Una carta de Wes Gallagher, ex presidente de la potente agencia estadounidense, lo felicitaba así: “La II Guerra Mundial apenas había acabado cuando usted empezó con nosotros en 1945. Desde entonces llegó a ser uno de nuestros fotógrafos estrella… A menudo, estuvo obligado a revelar, editar y transmitir, así como asegurar la toma de vistas, en condiciones difíciles…”. 

Lévy vivió la aventura desde su infancia. Había nacido el 1 de abril de 1921 en Mulhouse, el Alto Rhin, hijo de Germaine Ullman y Auguste Lévy, muertos junto a una de sus hijas en 1944 tras ser deportados al campo de exterminio de Auschwitz. Jean-Jacques se libró de caer en manos de los nazis saltando por una ventana cuando estudiaba Derecho en la Universidad de Toulouse en 1942. Meses después huye de Francia a través de los Pirineos. Después de unos meses preso en una cárcel catalana, logra embarcar con destino a Marruecos. Posteriormente ingresa en un centro de instrucción de la Fuerza Aérea estadounidense como intérprete y acaba la guerra como reportero gráfico de ese ejército, donde pasa a ser “fotógrafo oficial” en 1945. En el otoño de ese año lo contrata AP y en la agencia trabaja hasta 1983. La retina de su cámara captó, durante esas casi cuatro décadas, los personajes e instantes más representativos de la segunda mitad del siglo XX.

Una exposición, organizada en la Casa Municipal de Cultura de Llanes en 1990, reflejaba su magnífica ejecutoria como profesional de la fotografía de prensa. Jean-Jacques Lévy ha dejado parte de su trayectoria en el pueblo de Celorio, en el oriente astur, adonde llegó en la década de los ochenta del pasado siglo y donde coincidió en el concejo de Llanes con otro referente de la fotografía, el húngaro Nicolás Muller, de quien decía Manuel Vicent que “reinventaba cada día la sensibilidad” con sus retratos de toda una generación artística de nuestra posguerra. El reportero alsaciano deja en Celorio a su hija Ninon, quien reside allí desde hace varias décadas y donde mantiene parte de su legado.

Fotografió a los soldados chinos de Chiang Kai-chek que huían de las tropas de Mao Tse-tung, el juicio al mariscal Pétain, a Patricio Lumumba al ser elegido como futuro presidente del independiente Congo, los funerales por Winston Churchill, los detalles más significativos del París de Mayo del 68, al príncipe Juan Carlos de Borbón y al presidente francés Valéry Giscard d’Estaing de cacería, Stan Laurel y Oliver Hardy… Fotografió, mientras estuvo en ejercicio, a todos los presidentes de EE UU.

Contaba días pasados Higinio del Río, director de la Casa Municipal de Cultura de Llanes y gran amigo suyo, que en 1956, en medio de los cañonazos de una de las guerras árabe-isreaelíes, Jean-Jacques Lévy “fue invitado por David Ben Gurion a subir al avión del alto mando de las fuerzas armadas de Israel para sobrevolar la batalla del Sinaí. Lévy era el único fotógrafo a bordo, y cuando vio cómo Ben Gurion desplegaba sobre una mesa el mapa de operaciones junto a Moshe Dayan, sacó la cámara e inmortalizó el momento”. Por esta y otras anécdotas laborales, su también amigo Gonzalo Suárez dice que Graham Greene se inspiró en Lévy para construir uno de los personajes de El americano impasible

(Publicado en EL PAÍS, 13 abril 2010).



Jean-Jacques Lévy, en la Casa de la Cultura de Llanes. / HIGINIO DEL RÍO











viernes, 6 de marzo de 2026

Teoría General de la Información I. Introducción

 






















Madrid, 1973. 361 páginas.

Guadiana de Publicaciones, S. A.

 



Fue uno de los libros de cabecera en nuestros años de estudiante. En él, Ángel Benito Jaén, que nos daba clase en cuarto curso de carrera, introduce al lector y a los aprendices de periodista en la nueva ciencia de la información social. 

Estudia el diálogo público que se establece dentro de toda sociedad a través de los instrumentos de la comunicación colectiva: fundamentalmente, los medios masivos, como la prensa escrita, la radio, la televisión y el cine. 
El libro se divide en tres partes. En la primera se analizan las relaciones información-sociedad, a la luz de lo que se ha dado en llamar Derecho a la Información. La segunda aborda el nacimiento y desarrollo de las modernas Ciencias de la Información. En la tercera se investiga, por primera vez, la estructura pedagógica de las Ciencias de la Información, en las que la Teoría General de la Información se nos presenta como disciplina omnicomprensiva de todas las demás. 
Ángel Benito aprovecha para esta obra los apuntes de clase ("pienso que de un modo bastante definitivo", según señala en la presentación) acumulados desde que comenzó a dar cursos de Ciencia y Teoría de la Información y del Periodismo en la Universidad de Navarra en 1958. Se nutre también de las lecciones desarrolladas por él en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid en los cursos académicos 1971-72 y 1972-73. 

  

jueves, 26 de febrero de 2026

"Por qué ni fija, ni limpia, ni da esplendor"

 

Arturo PÉREZ-REVERTE 


La célebre divisa de la Real Academia Española -Limpia, fija y da esplendor- surgió con un nobilísimo propósito: la lengua española contaría con una institución encargada de cuidarla, ordenarla y ennoblecerla. Pero el tiempo no pasa en balde. Trescientos trece años después de su fundación, para un buen número de hablantes, lingüistas, escritores y lectores, esa promesa ya no se cumple. No porque el español esté en decadencia -al contrario, camina más vivo e imparable que nunca- sino porque crece la impresión de que la RAE ha dejado de ejercer, incluso renuncia deliberadamente a ello, su papel normativo y cultural con la claridad, coherencia y autoridad que el antiguo lema sugería.

Limpiar, en el origen del lema, significaba depurar el idioma de usos incorrectos, confusos o innecesarios. No se trataba de imponer un castellano o español rígido, sino de establecer criterios claros que facilitaran la comprensión y la alta calidad expresiva. Sin embargo, la Academia se repliega ahora hacia posiciones más descriptivas que normativas, aunque rara vez sus miembros lo admitamos en público. Esto da ocasión a debates académicos internos, a veces muy tensos, que por prudencia institucional no suelen ir más allá de la sala de plenos. 

El argumento habitual de un sector académico, en el que se sitúan principalmente lingüistas, es que la Academia registra el uso. El problema, replica a eso otro sector donde abundan escritores o creadores, es que registrar no es limpiar. Si todo uso mayoritario, por vulgar o incorrecto que sea, resulta automáticamente válido, la noción misma de corrección pierde sentido. Y ahí reside uno de los problemas. La actual RAE acepta construcciones que hace años habría considerado erróneas, no tras un debate lingüístico profundo, sino por presión externa. Doblegándose con demasiada facilidad y frecuencia al simple uso mediático, político o de redes sociales. El resultado es una normativa cada vez más laxa, ambigua y contradictoria, que deja al hablante sin referencias firmes, sometido a los vaivenes de las modas y, lo que es peor, a la proliferación de elementos con notable presencia pública pero con escasa formación cultural. Un tertuliano, youtuber o influencer analfabetos pueden tener más influencia lingüística que un premio Cervantes.

La renuncia a limpiar


La RAE ha estado esquivando la constante petición de algunos académicos -cada vez menos, pues los más combativos van falleciendo o se cansan de bregar- en los debates de los plenos: una declaración pública anual sobre el estado de la lengua española, y no para imponer normas policiales, sino para prevenir y advertir de errores y malos usos antes de que éstos sean irremediables. Pues, al no establecer límites claros, la RAE deja de proteger precisamente a quienes más necesitan normas o referencias claras: estudiantes, docentes y hablantes no nativos. Pero esa renuncia de la Academia a limpiar -advertir de las amenazas antes de que se asienten sin remedio- no responde sólo a la fría concepción científica de algunos académicos, sino también a un miedo general asentado en la RAE: miedo a parecer elitistas, conservadores o excluyentes en un ámbito cultural hipersensible, en una España y una Hispanoamérica propensas a desconfiar de toda autoridad lingüística aunque esa autoridad sea noblemente compartida por todos los componentes de la Asociación de Academias de la Lengua Española. Que -a diferencia de la notoria incompetencia panhispánica del ministro español de Asuntos Exteriores, señor Albares- sí mantienen excelentes relaciones entre ellas y participan juntas en un Diccionario, una Ortografía y una Gramática milagrosamente comunes. 



En cuanto a la segunda palabra del lema, Fijar, no pretendía en su origen congelar la lengua, sino establecer consensos estables. Todo idioma necesita puntos de anclaje; sin ellos, se fragmenta y empobrece. Paradójicamente, hoy la RAE se muestra incómoda con la idea de fijación, y las sucesivas reformas ortográficas son un ejemplo elocuente. Cambios poco justificados, explicaciones confusas y decisiones cuestionables erosionan la autoridad académica. ¿Se escribe solo o sólo? ¿Guion o guión? ¿Mayúsculas opcionales? … La respuesta académica suele ser tibia: “depende”, “es válido”, “se recomienda, pero no es obligatorio”. Una institución que no fija, duda; y una que duda, deja de ser referencia. Además, y esto es asombroso, la RAE institucional hace caso omiso del criterio de escritores consagrados -muchos de ellos fueron en vida o son hoy académicos- para quienes la lengua era y es una herramienta con la que trabajan a diario. Sucede lo contrario: la Academia externaliza hoy parte de su función fijadora dejándola en manos de medios de comunicación y redes sociales, que se convierten en árbitros del asunto.

Pero quizá lo más grave sea el abandono del Esplendor. Porque dar esplendor no es sólo pulir la ortografía y la gramática y hacer un Diccionario digno y eficaz; es, también, defender la riqueza literaria, histórica y simbólica del idioma. Desde su creación en 1713, la RAE estuvo asociada a una idea de la lengua como patrimonio cultural. Hoy, lamentablemente, esa ambición parece diluida. El sector oficial de la Academia responsable de las manifestaciones y comunicaciones exteriores vive obsesionado con que nadie asigne a la RAE la palabra elitista. En consecuencia, maneja un registro cada vez más vulgar, adaptado al lenguaje de redes sociales, con respuestas rápidas, ingeniosas y a menudo superficiales. A la altura intelectual de lo que hay. 


La incorrección, la vulgaridad y el error


Las redes sociales, desde luego, representan el grado extremo del problema. Son espacios donde priman la rapidez, la simplificación y la falta de contexto. Útiles como indicador sociolingüístico, resultan tóxicas como modelo normativo. Sin embargo, la RAE las menciona cada vez más como prueba de uso. El lenguaje de las redes, diseñado para impactar y no para pensar, es fragmentario, caótico, pobre en matices y proclive a la incorrección, la vulgaridad y el error. Cuando la Academia lo legitima, envía un mensaje peligroso: el cuidado, el rigor, no importan; basta con que algo circule lo suficiente. Esto tiene un efecto social devastador. Si todo vale porque se usa, ¿para qué esforzarse en escribir bien? ¿Por qué leer a buenos autores, estudiar o ampliar vocabulario? La lengua deja de ser una conquista cultural, una herramienta cuidada y noble, y se convierte en reflejo automático del confuso ruido social.

La sumisión de la RAE a las redes deteriora su imagen. El criterio académico se hace coloquial, el rigor es negociable. Todo vale y cualquier cateto audaz puede imponerse, si persevera, a Cervantes, Galdós o García Márquez. Además, la RAE ha mostrado una evidente falta de liderazgo cultural frente a la avalancha de anglicismos, tecnicismos innecesarios y empobrecimiento léxico. 

Otro de los factores negativos para la autoridad de la RAE es su relación ambigua con el debate político, sobre todo respecto al llamado lenguaje inclusivo. La resistencia académica viene siendo honorable, pero sin la contundencia propia de su autoridad. No abrir la boca es la respuesta más frecuente, y dice poco en favor de la institución que las respuestas enérgicas se dejen a la iniciativa personal de los contados académicos -Javier Marías lo hizo siempre de forma destacada- que se atreven, por su cuenta y sobre todo su riesgo, a intervenir en el debate público. En la grotesca injerencia del oportunismo político, la ignorancia y la estupidez sectaria en materia lingüística, la Academia, en vez de sostener la posición firme y argumentada de su legítima autoridad, suele situarse entre el silencio administrativo y la cautela diplomática, intentando no incomodar a nadie. Al no plantar cara públicamente a ese oportunismo ignorante e irresponsable, la RAE contribuye a la confusión general y abdica de su autoridad y prestigio. 


Periódicos mal escritos, titulares apresurados, tertulias descuidadas y las redes sociales


En el corazón de la Real Academia Española se registra un desplazamiento silencioso, lamentable, de su principal fuente de autoridad. Durante tres siglos, la RAE entendió que la lengua se establecía principalmente de abajo arriba, pero enriquecida, contrastada, analizada y devuelta desde arriba hacia abajo mediante la literatura, el pensamiento, la tradición escrita y el criterio de autores solventes cuya obra demostraba excelencia, precisión y capacidad de perdurar. Hoy, en cambio, entregados los aspectos técnicos de la RAE a lingüistas partidarios de asumir dócilmente cuanto ocurre y no prevenir lo que ocurra, la Academia invierte esa jerarquía: otorga más peso normativo a lo que se repite en periódicos mal escritos, titulares apresurados, tertulias descuidadas o redes sociales, que a la autoridad intelectual de escritores, filólogos y creadores que trabajaron o trabajan la lengua con rigor. Se anteponen los usos de un tuitero analfabeto o el texto de un folleto farmacéutico mal traducido a la obra de académicos vivos o muertos.

El núcleo de lingüistas al que la actual dirección confía las decisiones maneja con naturalidad y sin apenas control, como justificación normativa, titulares periodísticos redactados con descuido o usos masivos en redes sociales, aunque estos contradigan principios sintácticos, semánticos o estilísticos largamente asentados. La repetición cuantitativa ha sustituido a la calidad cualitativa. Se confunde frecuencia con legitimidad, visibilidad con corrección. Y esta inversión es muy grave, porque los medios de comunicación actuales -con pocas y honrosas excepciones- ya no funcionan como filtros de calidad lingüística. La presión del clic, la velocidad de publicación y la precariedad laboral han erosionado el cuidado del idioma.

La RAE apenas advierte ya con claridad del mal uso. Tiene verdadero miedo de hacerlo. De ese modo ya no corrige la incorrección, sino que la acepta a toro pasado. Espera a que el mal uso se imponga por cansancio, repetición o presión mediática y entonces lo incorpora al Diccionario; no como excepción a señalar, sino como variante válida. Y así, la autoridad normativa se convierte en simple notaria del hecho consumado.

El proceso es siniestro: en los medios se escribe peor, la Academia lo acepta, y al aceptarlo, legitima ese empeoramiento. Al legitimar, los medios se esfuerzan todavía menos. El hablante asume que la corrección es irrelevante y reproduce usos cada vez más pobres. Pero este empobrecimiento no es sólo estilístico, sino cognitivo: una lengua descuidada piensa peor. La precisión léxica, la complejidad sintáctica y la riqueza expresiva no son adornos superfluos, sino herramientas para comprender y describir la realidad. Cuando la norma se rebaja, también se reduce la capacidad de pensar con claridad. 

(Reproducción, casi en su totalidad, de un artículo publicado en EL MUNDO, 12 enero 2026).  


 






viernes, 13 de febrero de 2026

El marxismo como moral

 







































Madrid, 1970. 191 páginas.
Alianza Editorial.

  




Este libro de Alianza Editorial nos fue recomendado por el profesor Javier Fernández del Moral en quinto curso de carrera, pero en ese momento estaba ya agotado, pese a las tres ediciones que había lanzado AE.


Lo pude conseguir, sin embargo, el jueves 23 de febrero de 1978. Ese día asistí a una conferencia de José Luis López Aranguren en la Fundación Tabacalera Española, junto al Museo de Cera de Madrid. Al terminar el conferenciante su intervención me acerqué a él y le manifesté mi interés en conseguir el libro. Amablemente, Aranguren me invitó a ir con él a su casa, en la calle Zurbano, y me regaló un ejemplar, que me dedicó.

En este ensayo se hace un análisis de los aspectos morales del marxismo en la política práctica y se aborda el problema de la violencia y el terror (la debatida cuestión del fin y los medios) y la vigencia del papel de la Unión Soviética, Cuba y China como modelos revolucionarios. Con su claridad habitual, el filósofo traza una breve historia del marxismo desde el punto de vista de la ética, y dedica una especial atención al revisionismo de Bernstein y Kautsky, al leninismo, al stalinismo, al redescubrimiento del pensamiento del joven Marx, al concepto de alienación y al enfoque estructuralista de la escuela de Althuser.     









"Calumnista político"

 
















Jaume Perich (1941-1995)





martes, 10 de febrero de 2026

Cine y periodismo



 
























Barcelona, 2004. 160 páginas.

Ediciones del Serbal.

 




Sus páginas abordan el trabajo de cineastas que a lo largo de la historia se han sentido periodistas y rodado noticiarios y documentales. Esta clase de cine recibía el nombre de complementos. No porque el cine sea complementario del periodismo -que lo es-, sino porque noticiarios y documentales rellenaban un espacio en la programación de las salas. Los que elaboran las noticias no son noticia y quizá por eso la prensa apenas les ha prestado atención. Profesionales del periodismo, bien mediante anónimos noticiarios -el Cinematógrafo nació con ellos- o raros documentales, han ayudado a escribir la historia del séptimo arte. “El cine es la prensa de estos tiempos”, se proclamaba ya a principios del siglo XX y se hacía notar la asociación de ambas actividades.

Carlos María Tosantos Amigo, periodista castellano-leonés afincado en Madrid, trabajó en la agencia Efe y ha sido colaborador de Cuadernos para el Diálogo y Tiempo de Historia, entre otras publicaciones.  






viernes, 6 de febrero de 2026

Entrevista a Jaime Campmany

 









            ENTREVISTA                


“La prensa española está demasiado cargada de política pequeña y superficial”

 

HIGINIO DEL RÍO 

Eso que se llama ‘prensa de derechas’ a veces es más liberal, más comprensiva de posiciones de izquierda y más asumidora de opiniones que están en lo que tradicionalmente llamamos izquierda que la propia prensa de izquierdas. Lo que pasa es que en España todavía se quiere identificar a la derecha con el régimen anterior, y entonces es una manera de descalificar el decir: “bueno, esto es prensa de derechas”.


- ¿Y qué diferencia hay entre esta revista tuya (Época) y el órgano de expresión de Alianza Popular?

La independencia. Nosotros no estamos aquí para predicar una postura política. El sambenito nos lo colocaron nada más salir a la calle, pero nos lo hemos quitado de encima de una manera clara: en todas las crisis que ha tenido la derecha hemos opinado tan severamente o más que cuando analizamos alguna medida del Gobierno socialista.   

 

A Jaime Campmany y Díaz de Revenga (Murcia, 1925), columnista político de prestigio, no hay quien lo apee del burro. A su modo de ver, se están produciendo confusiones que sería menester aclarar. "Hasta que no pasen unos años más y la izquierda pierda ese carácter de movimiento en contra del franquismo y se vea hasta dónde ama de verdad las libertades; y la derecha se quite el sambenito de haber apoyado a un régimen dictatorial y se vea hasta qué punto defiende las libertades, estos términos no quedarán purificados". 

Diariamente en ABC y semanalmente en Época, Jaime Campmany susurra al oído de sus lectores -gentes que probablemente están más convencidas que él mismo de que Alfonso Guerra es un ogro- el repiquete de que los socialistas son muy malos y no dan una. Hay un paternalismo socarrón en los articulistas como él. A la derecha, que ve La Moncloa todavía muy lejana y sigue buscando recambios para la travesía del desierto, se le ha ido Fraga pero le queda la artillería pesada de los columnistas como Campmany.

Con el director de Época, los socialistas no llevan frío. En sus “cartas batuecas” suele escribir cosas como éstas dedicadas a José María Maravall: “¡Pero, hombre, señor ministro de Educación, se habrá quedado usted descansado con ese verbo que se ha inventado y que tan bien le va a lo que está usted haciendo en el Ministerio. Primero, se dedica su excelencia a ‘demolir’ la enseñanza, y después se ocupa en ‘demolir’ la gramática. Hijo mío, viene usted mal preparado al cargo. ¡Ay, señor ministro, que usted, antes que un ministerio, necesita un pupitre!”

Le gusta indicar a la izquierda el camino que ha de seguir: el de la socialdemocracia, la domesticación, la desmarxistización, el acto de contrición, el chaquet, la reprivatización de Rumasa… Siempre verá a los nuevos inquilinos del poder como unos sujetos gravemente faltos de experiencia de Estado.

Reconoce que la prensa española está “demasiado cargada en este momento de política pequeña, superficial, somera”.


- Quizá los columnistas tenéis parte de culpa. 

 A veces se nos reprocha que estamos convirtiendo la política en chisme, y yo creo que no, que son los políticos. No encuentro en la derecha ni en la izquierda ni en el centro señores que se dediquen seriamente a elaborar programas políticos, a tener eso que se llama un pensamiento político y a fundamentar una ideología. Me encuentro con unos señores que desprecian la cultura, que no saben hablar ni fundamentar un discurso ni siquiera en las ideas de los intelectuales de su propio partido.

Yo sé que muchas veces exagero la crítica y lo hago adrede porque el columnista no puede pretender hacer un ensayo todos los días en el periódico. Lo que hago es comentar irónicamente unos hechos y hacer que la gente medite sobre ellos. La labor del comentarista político consiste más en sacudir palos a los señores que tienen la responsabilidad de gobernar.    


Resumen de una entrevista publicada en HOJA DEL LUNES de Oviedo el 11 de enero de 1988.

Jaime Campmany falleció en 2005, a los ochenta años.  

 

 


 

 








Fundamentos de la información periodística especializada

  Madrid, 1993. 200 páginas. Ed. Síntesis.   Javier Fernández del Moral escribió este libro en colaboración con Francisco Esteve Ramírez. ...