Pero quizá lo más grave sea el abandono del Esplendor. Porque dar esplendor no es
sólo pulir la ortografía y la gramática y hacer un Diccionario digno y eficaz;
es, también, defender la riqueza literaria, histórica y simbólica del idioma. Desde
su creación en 1713, la RAE estuvo asociada a una idea de la lengua como
patrimonio cultural. Hoy, lamentablemente, esa ambición parece diluida. El
sector oficial de la Academia responsable de las manifestaciones y
comunicaciones exteriores vive obsesionado con que nadie asigne a la RAE la
palabra elitista. En consecuencia, maneja un registro cada vez más vulgar,
adaptado al lenguaje de redes sociales, con respuestas rápidas, ingeniosas y a
menudo superficiales. A la altura intelectual de lo que hay.
La incorrección, la vulgaridad y el error
Las redes sociales, desde luego, representan el grado
extremo del problema. Son espacios donde priman la rapidez, la simplificación y
la falta de contexto. Útiles como indicador sociolingüístico, resultan tóxicas
como modelo normativo. Sin embargo, la RAE las menciona cada vez más como prueba
de uso. El lenguaje de las redes, diseñado para impactar y no para pensar, es
fragmentario, caótico, pobre en matices y proclive a la incorrección, la
vulgaridad y el error. Cuando la Academia lo legitima, envía un mensaje
peligroso: el cuidado, el rigor, no importan; basta con que algo circule lo
suficiente. Esto tiene un efecto social devastador. Si todo vale porque se usa,
¿para qué esforzarse en escribir bien? ¿Por qué leer a buenos autores, estudiar
o ampliar vocabulario? La lengua deja de ser una conquista cultural, una
herramienta cuidada y noble, y se convierte en reflejo automático del confuso
ruido social.
La sumisión de la RAE a las redes deteriora su imagen.
El criterio académico se hace coloquial, el rigor es negociable. Todo vale y
cualquier cateto audaz puede imponerse, si persevera, a Cervantes, Galdós o García
Márquez. Además, la RAE ha mostrado una evidente falta de liderazgo cultural frente
a la avalancha de anglicismos, tecnicismos innecesarios y empobrecimiento
léxico.

Otro de los factores negativos para la autoridad de la
RAE es su relación ambigua con el debate político, sobre todo respecto al
llamado lenguaje inclusivo. La resistencia académica viene siendo honorable,
pero sin la contundencia propia de su autoridad. No abrir la boca es la
respuesta más frecuente, y dice poco en favor de la institución que las
respuestas enérgicas se dejen a la iniciativa personal de los contados académicos
-Javier Marías lo hizo siempre de forma destacada- que se atreven, por su
cuenta y sobre todo su riesgo, a intervenir en el debate público. En la
grotesca injerencia del oportunismo político, la ignorancia y la estupidez
sectaria en materia lingüística, la Academia, en vez de sostener la posición
firme y argumentada de su legítima autoridad, suele situarse entre el silencio
administrativo y la cautela diplomática, intentando no incomodar a nadie. Al no
plantar cara públicamente a ese oportunismo ignorante e irresponsable, la RAE
contribuye a la confusión general y abdica de su autoridad y prestigio.
Periódicos mal escritos, titulares apresurados, tertulias descuidadas y las redes sociales
En el corazón de la Real Academia Española se registra
un desplazamiento silencioso, lamentable, de su principal fuente de autoridad. Durante
tres siglos, la RAE entendió que la lengua se establecía principalmente de
abajo arriba, pero enriquecida, contrastada, analizada y devuelta desde arriba
hacia abajo mediante la literatura, el pensamiento, la tradición escrita y el
criterio de autores solventes cuya obra demostraba excelencia, precisión y
capacidad de perdurar. Hoy, en cambio, entregados los aspectos técnicos de la
RAE a lingüistas partidarios de asumir dócilmente cuanto ocurre y no prevenir
lo que ocurra, la Academia invierte esa jerarquía: otorga más peso normativo a
lo que se repite en periódicos mal escritos, titulares apresurados, tertulias
descuidadas o redes sociales, que a la autoridad intelectual de escritores,
filólogos y creadores que trabajaron o trabajan la lengua con rigor. Se
anteponen los usos de un tuitero analfabeto o el texto de un folleto farmacéutico
mal traducido a la obra de académicos vivos o muertos.
El núcleo de lingüistas al que la actual dirección
confía las decisiones maneja con naturalidad y sin apenas control, como
justificación normativa, titulares periodísticos redactados con descuido o usos
masivos en redes sociales, aunque estos contradigan principios sintácticos,
semánticos o estilísticos largamente asentados. La repetición cuantitativa ha
sustituido a la calidad cualitativa. Se confunde frecuencia con legitimidad,
visibilidad con corrección. Y esta inversión es muy grave, porque los medios de
comunicación actuales -con pocas y honrosas excepciones- ya no funcionan como
filtros de calidad lingüística. La presión del clic, la velocidad de
publicación y la precariedad laboral han erosionado el cuidado del idioma.
La RAE apenas advierte ya con claridad del mal uso.
Tiene verdadero miedo de hacerlo. De ese modo ya no corrige la incorrección,
sino que la acepta a toro pasado. Espera a que el mal uso se imponga por
cansancio, repetición o presión mediática y entonces lo incorpora al
Diccionario; no como excepción a señalar, sino como variante válida. Y así, la
autoridad normativa se convierte en simple notaria del hecho consumado.
El proceso es siniestro: en los medios se escribe peor,
la Academia lo acepta, y al aceptarlo, legitima ese empeoramiento. Al
legitimar, los medios se esfuerzan todavía menos. El hablante asume que la
corrección es irrelevante y reproduce usos cada vez más pobres. Pero este
empobrecimiento no es sólo estilístico, sino cognitivo: una lengua descuidada
piensa peor. La precisión léxica, la complejidad sintáctica y la riqueza
expresiva no son adornos superfluos, sino herramientas para comprender y
describir la realidad. Cuando la norma se rebaja, también se reduce la
capacidad de pensar con claridad.
(Reproducción, casi en su totalidad, de un artículo publicado en EL MUNDO, 12 enero 2026).