José Luis CASTILLO-PUCHE
Me ha tocado presenciarlo y se me pide que lo cuente. Como además yo he sido siempre partidario de contarlo todo -o casi todo-, acudo a este casi deber. Por otra parte, este fenómeno del “streaking”, ya sea a nivel mundial, ya a nivel de nuestra clase estudiantil, bien merece un breve comentario.
La cosa fue muy rápida, como corresponde al nombre mismo de esta manifestación que parece estar de moda. A los diez minutos de haber entrado en clase, las puertas del aula se abrieron violentamente y una especie de comparsa de jóvenes irrumpieron en ella, dejando paso, una vez dentro, a tres de ellos completamente desnudos que avanzaron impertérritos hasta llegar a la misma tarima del profesor, donde se entabló un forcejeo, más bien de palabras, que duró apenas un minuto. Rechazados por el profesor y el alumnado, en su mayoría con gritos de “fuera”, “fuera”, los “streakers” se alejaron con el mismo ruido de cencerros y cascabeles con que habían entrado. Hay que decir que hubo también entre los alumnos un grupo que los aplaudió y parecía estar de acuerdo plenamente con su presencia y filosofía. La intención de hacer no sé qué demostración, o de leer un manifiesto, no pudo verificarse, y además el hacerlo hubiera desvirtuado la naturaleza del hecho, que por lo visto ha de consistir en una aparición inesperada y fugaz. Una vez que se fueron, el profesor pidió a los alumnos -puesto que se trata de una clase de redacción y estilo- que redactaran un folio sobre lo que habían presenciado. Hasta aquí el hecho y la noticia.
Personas superficiales -incluso entre nuestros estudiantes- pensarán que ya nuestra sociedad ha alcanzado un nivel a la altura de países superdesarrollados en esto de sacar nuestras desnudeces a la calle; otros incluso consideran, sin más, que se trata de seguir borreguilmente una moda y de imitar lo que se hace fuera sin preguntarse el por qué ni para qué. Sin embargo, dejando aparte el descaro y la ofensa que el “streaking” puede representar para nuestra sensibilidad y para el pudor heredado y establecido -por supuesto, eso es lo que se busca-, es preciso admitir que la corriente indetenible de la historia del hombre se vale a menudo de seres que unas veces llamaríamos ciegos instrumentos, otras veces diríamos que son inocentes, o insensatos, u osados. Y decimos esto porque justamente una clase de más de ciento sesenta universitarios presenciando el hecho del “streaking” y dejando constancia escrita de su reacción inmediata, parece un campo suficientemente amplio, adecuado y oportuno para sacar algunas consecuencias, ya que ciento sesenta ejercicios escritos sobre el hecho tienen prácticamente el valor de una encuesta, y tengo que decir que, en general, sin dejar de condenar el hecho -que muchos incluso califican de “asqueroso”-, lo admiten, sin embargo, como un acto de protesta legítima, la única forma de protesta no violenta -dice uno de estos alumnos- que quedaba sin experimentar.
El mito de Adán buscando escondite
Podemos con toda seguridad afirmar, a la vista sobre todo de sus escritos, que muchos de los alumnos presentes son más avanzados de ideas, más progresistas y convencidos de que hay mucho que cambiar en la sociedad, que los manifestantes en cueros vivos, y, sin embargo, serían personalmente incapaces de exponer su vestida personalidad a la prueba del “streaking”. En general admiten la legitimidad de toda protesta, pero califican el hecho de “desvergonzado” y casi en general de cobardía por llevar los “streakers” la cara tapada con caretas. Algunos se preguntan si no hay otros modos de desterrar prejuicios -saliendo a relucir, por supuesto, la típica represión hispánica-, falsos pudores, convencionalismos, etc. Yo me desnudo -diría una de las alumnas- de mi vergüenza para no daros vergüenza, y otro escribe: La moda del “streaking” no es un símbolo de aberración de la juventud. No condenemos el fenómeno como sucedió -en su tiempo- con el ya demodado estilo hippy o beatnik. Al lado de estas opiniones están los que aciertan a considerar una de las condiciones del hombre, como tal: la de ir vestido, sobre todo el hombre civilizado. Tampoco faltan -y esto nos da idea de la madurez del alumnado- los que relacionan la vestimenta con el complejo de culpa del hombre, este traído y llevado complejo en acuciante relación con la angustia existencialista, que se manifiesta en toda la protesta juvenil actual. Efectivamente, en cada “streaking” se repite el mito de Adán buscando escondite para sus vergüenzas en la fronda del Paraíso ya perdido. La presencia de los muchachos desnudos causó en todos la sensación de nuestra propia desnudez. ¿Estamos preparados para afrontarla? El hecho significativo es que los “streakers” consideraron necesario llevar caretas, ¿Es que es posible, todavía, volver a la inocencia? Muchos alumnos y alumnas han aludido a la sensación de tristeza y de vacío. Por mucho “distanciamiento” que queramos buscar en el análisis del fenómeno tropezaríamos siempre con la necesidad de eludir, por el camino que sea, esa realidad, pura realidad, que propugnan los antropólogos. Los “hippies” han impuesto las melenas y no ha pasado nada, nada se ha hundido. El “streaking” como fenómeno más o menos heredero de la débâcle “hippy” pretende una mayor demolición, pretende demasiado quizá, casi nada, dejarnos a solas con nuestra desnudez, que es igual que decir con nuestra conciencia de culpabilidad.
Uno de los alumnos, dotado de excepcional aliento
poético -pero cuya identidad prefiero dejar incógnita por ahora- construyó
sobre la marcha un poema que comienza así: Tres
cuerpos han mordido / todas las vestimentas sociales. / Han deshecho los
cánones, / han roto los muros del pantalón y la chaqueta. / Tres cuerpos tan
sólo / nos han desnudado a todos. / Hay gritos de “fuera”, risas. / Pero … /
dentro, dentro, todos estábamos desnudos.
¿Hasta qué punto estamos preparados para una cierta frecuencia
de estos choques? Sólo podríamos decir que el mundo de hoy es bastante distinto
al que precedió al movimiento “hippy”. Sin embargo, y porque en nuestra
idiosincrasia impera siempre el rasgo humorístico, quiero transcribir también lo
que ha escrito otro alumno que ha tomado la cosa por el lado del humor: Hoy en día -dice- no se puede andar desnudo por ahí. Necesitamos llevar un carnet que nos
identifique. Es obligado llevar por lo menos corbata para mantener buenas
relaciones públicas. ¿Y qué haríamos sin los bolsillos de una chaqueta? ¿Dónde
guardaríamos la agenda, el bolígrafo?
¿Qué haríamos con el paquete de cigarrillos? Se alarmarían las fábricas de
tejidos y perderían el empleo las encargadas del guardarropa en los cines.
Sí, son demasiadas cosas ligadas a nuestro vestido. En
realidad, este encuentro tan directo con los “streakers” nos ha hecho pensar;
pero hoy quiero tan sólo cumplir al estilo latino del relata refero con el material aportado por los alumnos, a los que
también ha tocado ser testigos inmediatos del hecho. Evidentemente, un enfrentamiento
personal con la experiencia podría llevarnos a meditaciones mucho más
conflictivas.


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