Pedro J. RAMÍREZ
Es el principal editor de prensa y el único que actúa
simultáneamente en los mercados de la información general, deportiva y
económica; domina hasta tal extremo la radio privada que en importantes
demarcaciones tiene más emisoras que todos sus competidores juntos; logró en
tiempos del PSOE el monopolio de facto de la televisión de pago y está a punto
de consolidarlo para siempre con el PP; el año pasado ha sido ya el mayor
productor de cine español; es el amo del más próspero negocio de libros de
texto tanto en España como en América Latina y sus editoriales de creación
abarcan todos los segmentos de la actividad literaria y el pensamiento; directa
o indirectamente controla la industria discográfica a través de sus 40
Principales y otras radio-fórmula; posee cadenas de librerías, agencias de publicidad,
hoteles, empresas de exportación y váyase a saber qué otros activos ocultos;
acaba de quedarse con el fútbol.
Polanco es un poder fáctico uninominal equivalente a
lo que en épocas diversas representaron la Iglesia, la Banca o el Ejército.
Su red de párrocos y capellanes tal vez sea algo menor,
su liquidez no tan abultada y sus fuerzas de choque más reducidas, pero hay que
remontarse cinco siglos en la Historia para encontrar en manos de una de estas
instituciones un arma tan formidable sobre el control de las conciencias como
la poliédrica hegemonía sobre la industria cultural que este hombre ostenta.
Novelistas, poetas, ensayistas, dramaturgos,
catedráticos, reporteros, columnistas, actores, actrices, directores-estrella,
músicos, cantantes y, por supuesto, políticos de todos los pelajes le bailan el
agua sabedores de lo mucho que sus favores, inquinas o meros desdenes pueden influir
en su triunfo, fracaso u ostracismo. Lo hacen además cómodamente arrullados en
la más eficaz adormidera, porque Polanco, un hombre -al igual que sus dos
primeros espadachines- profundamente enraizado en el franquismo, tuvo hace
veinte años la habilidad para aprovechar esa ventaja estratégica y, estando en
el lugar correcto en el momento correcto, quedarse con la patente de un
sedicente progresismo que por mor de la implacable ley del péndulo iba a
convertirse en palanca, coartada y superstición de varias generaciones de
españoles.
Nuestra sociedad ha alcanzado la suficiente madurez
como para que las críticas episódicas de un dirigente político o un medio de
comunicación al jefe del Estado no sean entendidas sino como expresiones de
normalidad y pluralismo. Y del Rey abajo, ninguno. Ninguno… excepto Jesús
Polanco. Cualquier revelación o denuncia contra el gran magnate por parte de
los contados medios que nos atrevemos a formularla es inmediatamente entendida
como un desafío merecedor de implacable represalia. La simple mención de su
nombre, la mera aparición de su efigie en la televisión pública en relación con
el penúltimo caso de corrupción con el que efectivamente está relacionado, es
ya considerada como una agresión intolerable, materia de anatema y piedra de
escándalo.
Hace unos días un gran diario de amplia tradición
liberal censuró su edición para omitir un artículo crítico contra Polanco de
uno de sus más brillantes y sólidos articulistas. Simultáneamente las dos
únicas cadenas de televisión privada a las que tienen acceso todos los
ciudadanos bifurcaron su cobertura sobre el antedicho caso de corrupción:
mientras para una de ellas resultó ser inexistente, la otra le dio una gran
importancia con la salvedad de eliminar a Polanco de la foto, según las más
acreditadas técnicas de maquillaje de la Historia.
Hasta en privado la crítica a Polanco desemboca en una
situación embarazosa si el grupo es medianamente nutrido: los contertulios se
miran de reojo sospechando del compañero de armas literarias, del colega
periodístico con legítimas ansias de medrar, del individuo bien relacionado con
los círculos financieros, del amigo de un amigo que es amigo de no sé quién que
puede terminar haciendo llegar el mensaje de que has sido tú, pobre infeliz, el
que has osado poner a parir al gran jefe. ¿Acaso no ha sido Polanco el único
ciudadano que ha conseguido el secuestro judicial de un libro, por el hecho de
que incluía afirmaciones supuestamente calumniosas contra él, cuando cada año
se editan cientos de libelos contra otros tantos individuos?
“En la antigua Roma, Polanco habría hecho cónsul a su
caballo”
Y es que Polanco sabe que la fuerza sólo se tiene de
verdad cuando se ejerce, se exhibe y se despliega. En lo pequeño, en lo mediano
y en lo grande. Si en un momento dado la víctima propiciatoria para apartar la
atención de otros asuntos es un pobre diablo que escribe gilipolleces desde su
covachuela académica, la inmolación ritual se hace imprescindible: su obra debe
ser retirada, su cátedra clausurada, su persona centrifugada. En la antigua
Roma, Polanco habría hecho cónsul a su caballo y en la moderna Argentina
nombrado vicepresidenta a su mujer. En la España actual se ha conformado con
hacer a Cebrián académico de la Lengua. Eso es el poder: imponer que lo blanco
es negro -desatar un turbión de voces proclamándolo-, mientras nuestras
octogenarias glorias literarias cuchichean su humillación por los rincones.
Pero ahora voy a decir lo que de verdad importa,
porque al final toda dictadura cultural es soportable en la medida en que cada
uno amuralle la integridad de su conciencia. Lo que hace de Polanco un
personaje profundamente nefasto para la sociedad española es su tozuda
determinación de proteger y preservar el felipismo frente a cualquier evidencia
sobre sus horrores y desmanes de toda índole.
En cualquier país democrático un solo escándalo como
el de los fondos reservados, Filesa, las comisiones del AVE, las escuchas del
Cesid o los crímenes de los GAL habría desembocado expeditivamente en el
apartamiento de su máximo responsable de la vida pública y en una drástica
renovación de la cúpula de su partido. Que Felipe González esté sobreviviendo a
la suma de todos ellos y vuelva a constituir una alternativa de gobierno,
apalancado en la dirección del PSOE junto a personas que han robado y han
ordenado asesinar, no puede atribuirse solamente a la falta de tradición
democrática de la sociedad española, a sus prejuicios frente a cualquier opción
que pueda ser identificada como de derechas, al limitado carisma del presidente
Aznar y a la ilimitada ingenuidad de Julio Anguita.
Ninguno de esos factores habría permitido a González conservar
el poder hasta marzo del 96, obtener entonces más de nueve millones de votos y
comparecer de nuevo ante el inminente congreso del PSOE como líder incontestado
y gran esperanza blanca para la vuelta a La Moncloa, si Polanco no hubiera
puesto todos los tentáculos de su imperio comunicativo al servicio del
enmascaramiento de la infamia.
Nadie podrá discutir ni la eficacia bélica con la que
él y su estado mayor han mantenido esta causa perdida a flote, ni la
rentabilidad económica que han logrado obtener de ello. Pocos generales han
sabido dirigir mejor a sus ejércitos, trazando cortinas de humo, inventando maniobras
de distracción para proteger sus enclaves estratégicos, golpeando
sanguinariamente con la escoria de la milicia a los más renombrados
adversarios, incorporando tropas de refresco, satelizando a los tibios,
cortejando a los ambiciosos, corrompiendo a los enfermos de codicia, dando alas
a los locos y desesperados. Es Polanco el que ha logrado que media España crea -o
finja creer- que José María Aznar es un oportunista mediocre que se ha
aprovechado de la conspiración de unos financieros corruptos, unos jueces
resentidos y unos periodistas megalómanos para, con la complicidad de un
mesiánico tonto útil llamado Anguita, arrebatar temporalmente el poder a Felipe
el Prestigioso, Felipe el Modernizador, Felipe el Difamado. Es Polanco el que
desde el mismo día en que ese accidente se produjo puso a todas sus legiones al
servicio de la operación Reconquista, bloqueando la ejemplar regeneración de la
democracia mediante la ejemplificadora regeneración del PSOE.
Sentirse obligados a pedir la venia del Padrino
Durante los últimos años todos los bancos parecían
aspirar a tener grupos periodísticos. En el caso que nos ocupa sucede casi al
revés. Polanco no tiene bancos, pero sí tiene banqueros. Ha sido tal la
habilidad con que ha urdido sus negocios que prácticamente ninguna de las
grandes familias de la oligarquía financiera ha quedado al margen. Si en algo
coinciden los dos Emilios es que a ambos les beneficia la prosperidad de
Polanco. ¿Puede extrañarle a alguien que hasta para aceptar los más deseados
puestos del panorama empresarial emergente, profesionales de primera se sientan
obligados ante todo a pedir la venia del Padrino?
Tras el golpe de mano del día de Nochebuena las cosas
han llegado a tal extremo que el mundo del dinero, sensible como ningún otro al
poder de quien tiene en sus manos la capacidad de configurar las apariencias,
empieza a ver en Polanco el único fielato verosímil a través del que encauzar
su relación con la política. Esa mañana el grupo Prisa consiguió de un solo
golpe la exclusiva sobre todos los derechos de imagen de los clubes de fútbol
(o sea el monopolio de la oferta) y la exclusiva para su comercialización a
través de la televisión de pago (o sea el monopolio de la demanda). Un
elemental sentido del pudor me impide dedicar una sola línea a describir la
conducta de Antonio Asensio quien en no menos de 30 conversaciones a lo largo
de los últimos dos años me expresó con las peculiaridades propias de su estilo,
la más inamovible resolución de servir de dique de contención a la marea
polanquista. Además, la gravedad de lo que está pasando ni siquiera deja margen
para plantearse si llegará o no el día en que comportamientos tan
indescriptibles obtengan su merecido. Lo tremendo para quienes anhelamos que la
nueva situación política sirva para pasar de una España en la que hay mucho
poder en pocas manos a una España en la que haya algo de poder en el mayor
número posible de manos, es que basta mencionar tres sílabas para constatar
que, por ahora, vamos perdiendo por goleada.
(Publicado en EL MUNDO, 19 enero 1997, y reproducido
por EL PAÍS al día siguiente).

No hay comentarios:
Publicar un comentario