jueves, 26 de febrero de 2026

"Por qué ni fija, ni limpia, ni da esplendor"

 

Arturo PÉREZ-REVERTE 


La célebre divisa de la Real Academia Española -Limpia, fija y da esplendor- surgió con un nobilísimo propósito: la lengua española contaría con una institución encargada de cuidarla, ordenarla y ennoblecerla. Pero el tiempo no pasa en balde. Trescientos trece años después de su fundación, para un buen número de hablantes, lingüistas, escritores y lectores, esa promesa ya no se cumple. No porque el español esté en decadencia -al contrario, camina más vivo e imparable que nunca- sino porque crece la impresión de que la RAE ha dejado de ejercer, incluso renuncia deliberadamente a ello, su papel normativo y cultural con la claridad, coherencia y autoridad que el antiguo lema sugería.

Limpiar, en el origen del lema, significaba depurar el idioma de usos incorrectos, confusos o innecesarios. No se trataba de imponer un castellano o español rígido, sino de establecer criterios claros que facilitaran la comprensión y la alta calidad expresiva. Sin embargo, la Academia se repliega ahora hacia posiciones más descriptivas que normativas, aunque rara vez sus miembros lo admitamos en público. Esto da ocasión a debates académicos internos, a veces muy tensos, que por prudencia institucional no suelen ir más allá de la sala de plenos. 

El argumento habitual de un sector académico, en el que se sitúan principalmente lingüistas, es que la Academia registra el uso. El problema, replica a eso otro sector donde abundan escritores o creadores, es que registrar no es limpiar. Si todo uso mayoritario, por vulgar o incorrecto que sea, resulta automáticamente válido, la noción misma de corrección pierde sentido. Y ahí reside uno de los problemas. La actual RAE acepta construcciones que hace años habría considerado erróneas, no tras un debate lingüístico profundo, sino por presión externa. Doblegándose con demasiada facilidad y frecuencia al simple uso mediático, político o de redes sociales. El resultado es una normativa cada vez más laxa, ambigua y contradictoria, que deja al hablante sin referencias firmes, sometido a los vaivenes de las modas y, lo que es peor, a la proliferación de elementos con notable presencia pública pero con escasa formación cultural. Un tertuliano, youtuber o influencer analfabetos pueden tener más influencia lingüística que un premio Cervantes.

La renuncia a limpiar


La RAE ha estado esquivando la constante petición de algunos académicos -cada vez menos, pues los más combativos van falleciendo o se cansan de bregar- en los debates de los plenos: una declaración pública anual sobre el estado de la lengua española, y no para imponer normas policiales, sino para prevenir y advertir de errores y malos usos antes de que éstos sean irremediables. Pues, al no establecer límites claros, la RAE deja de proteger precisamente a quienes más necesitan normas o referencias claras: estudiantes, docentes y hablantes no nativos. Pero esa renuncia de la Academia a limpiar -advertir de las amenazas antes de que se asienten sin remedio- no responde sólo a la fría concepción científica de algunos académicos, sino también a un miedo general asentado en la RAE: miedo a parecer elitistas, conservadores o excluyentes en un ámbito cultural hipersensible, en una España y una Hispanoamérica propensas a desconfiar de toda autoridad lingüística aunque esa autoridad sea noblemente compartida por todos los componentes de la Asociación de Academias de la Lengua Española. Que -a diferencia de la notoria incompetencia panhispánica del ministro español de Asuntos Exteriores, señor Albares- sí mantienen excelentes relaciones entre ellas y participan juntas en un Diccionario, una Ortografía y una Gramática milagrosamente comunes. 



En cuanto a la segunda palabra del lema, Fijar, no pretendía en su origen congelar la lengua, sino establecer consensos estables. Todo idioma necesita puntos de anclaje; sin ellos, se fragmenta y empobrece. Paradójicamente, hoy la RAE se muestra incómoda con la idea de fijación, y las sucesivas reformas ortográficas son un ejemplo elocuente. Cambios poco justificados, explicaciones confusas y decisiones cuestionables erosionan la autoridad académica. ¿Se escribe solo o sólo? ¿Guion o guión? ¿Mayúsculas opcionales? … La respuesta académica suele ser tibia: “depende”, “es válido”, “se recomienda, pero no es obligatorio”. Una institución que no fija, duda; y una que duda, deja de ser referencia. Además, y esto es asombroso, la RAE institucional hace caso omiso del criterio de escritores consagrados -muchos de ellos fueron en vida o son hoy académicos- para quienes la lengua era y es una herramienta con la que trabajan a diario. Sucede lo contrario: la Academia externaliza hoy parte de su función fijadora dejándola en manos de medios de comunicación y redes sociales, que se convierten en árbitros del asunto.

Pero quizá lo más grave sea el abandono del Esplendor. Porque dar esplendor no es sólo pulir la ortografía y la gramática y hacer un Diccionario digno y eficaz; es, también, defender la riqueza literaria, histórica y simbólica del idioma. Desde su creación en 1713, la RAE estuvo asociada a una idea de la lengua como patrimonio cultural. Hoy, lamentablemente, esa ambición parece diluida. El sector oficial de la Academia responsable de las manifestaciones y comunicaciones exteriores vive obsesionado con que nadie asigne a la RAE la palabra elitista. En consecuencia, maneja un registro cada vez más vulgar, adaptado al lenguaje de redes sociales, con respuestas rápidas, ingeniosas y a menudo superficiales. A la altura intelectual de lo que hay. 


La incorrección, la vulgaridad y el error


Las redes sociales, desde luego, representan el grado extremo del problema. Son espacios donde priman la rapidez, la simplificación y la falta de contexto. Útiles como indicador sociolingüístico, resultan tóxicas como modelo normativo. Sin embargo, la RAE las menciona cada vez más como prueba de uso. El lenguaje de las redes, diseñado para impactar y no para pensar, es fragmentario, caótico, pobre en matices y proclive a la incorrección, la vulgaridad y el error. Cuando la Academia lo legitima, envía un mensaje peligroso: el cuidado, el rigor, no importan; basta con que algo circule lo suficiente. Esto tiene un efecto social devastador. Si todo vale porque se usa, ¿para qué esforzarse en escribir bien? ¿Por qué leer a buenos autores, estudiar o ampliar vocabulario? La lengua deja de ser una conquista cultural, una herramienta cuidada y noble, y se convierte en reflejo automático del confuso ruido social.

La sumisión de la RAE a las redes deteriora su imagen. El criterio académico se hace coloquial, el rigor es negociable. Todo vale y cualquier cateto audaz puede imponerse, si persevera, a Cervantes, Galdós o García Márquez. Además, la RAE ha mostrado una evidente falta de liderazgo cultural frente a la avalancha de anglicismos, tecnicismos innecesarios y empobrecimiento léxico. 

Otro de los factores negativos para la autoridad de la RAE es su relación ambigua con el debate político, sobre todo respecto al llamado lenguaje inclusivo. La resistencia académica viene siendo honorable, pero sin la contundencia propia de su autoridad. No abrir la boca es la respuesta más frecuente, y dice poco en favor de la institución que las respuestas enérgicas se dejen a la iniciativa personal de los contados académicos -Javier Marías lo hizo siempre de forma destacada- que se atreven, por su cuenta y sobre todo su riesgo, a intervenir en el debate público. En la grotesca injerencia del oportunismo político, la ignorancia y la estupidez sectaria en materia lingüística, la Academia, en vez de sostener la posición firme y argumentada de su legítima autoridad, suele situarse entre el silencio administrativo y la cautela diplomática, intentando no incomodar a nadie. Al no plantar cara públicamente a ese oportunismo ignorante e irresponsable, la RAE contribuye a la confusión general y abdica de su autoridad y prestigio. 


Periódicos mal escritos, titulares apresurados, tertulias descuidadas y las redes sociales


En el corazón de la Real Academia Española se registra un desplazamiento silencioso, lamentable, de su principal fuente de autoridad. Durante tres siglos, la RAE entendió que la lengua se establecía principalmente de abajo arriba, pero enriquecida, contrastada, analizada y devuelta desde arriba hacia abajo mediante la literatura, el pensamiento, la tradición escrita y el criterio de autores solventes cuya obra demostraba excelencia, precisión y capacidad de perdurar. Hoy, en cambio, entregados los aspectos técnicos de la RAE a lingüistas partidarios de asumir dócilmente cuanto ocurre y no prevenir lo que ocurra, la Academia invierte esa jerarquía: otorga más peso normativo a lo que se repite en periódicos mal escritos, titulares apresurados, tertulias descuidadas o redes sociales, que a la autoridad intelectual de escritores, filólogos y creadores que trabajaron o trabajan la lengua con rigor. Se anteponen los usos de un tuitero analfabeto o el texto de un folleto farmacéutico mal traducido a la obra de académicos vivos o muertos.

El núcleo de lingüistas al que la actual dirección confía las decisiones maneja con naturalidad y sin apenas control, como justificación normativa, titulares periodísticos redactados con descuido o usos masivos en redes sociales, aunque estos contradigan principios sintácticos, semánticos o estilísticos largamente asentados. La repetición cuantitativa ha sustituido a la calidad cualitativa. Se confunde frecuencia con legitimidad, visibilidad con corrección. Y esta inversión es muy grave, porque los medios de comunicación actuales -con pocas y honrosas excepciones- ya no funcionan como filtros de calidad lingüística. La presión del clic, la velocidad de publicación y la precariedad laboral han erosionado el cuidado del idioma.

La RAE apenas advierte ya con claridad del mal uso. Tiene verdadero miedo de hacerlo. De ese modo ya no corrige la incorrección, sino que la acepta a toro pasado. Espera a que el mal uso se imponga por cansancio, repetición o presión mediática y entonces lo incorpora al Diccionario; no como excepción a señalar, sino como variante válida. Y así, la autoridad normativa se convierte en simple notaria del hecho consumado.

El proceso es siniestro: en los medios se escribe peor, la Academia lo acepta, y al aceptarlo, legitima ese empeoramiento. Al legitimar, los medios se esfuerzan todavía menos. El hablante asume que la corrección es irrelevante y reproduce usos cada vez más pobres. Pero este empobrecimiento no es sólo estilístico, sino cognitivo: una lengua descuidada piensa peor. La precisión léxica, la complejidad sintáctica y la riqueza expresiva no son adornos superfluos, sino herramientas para comprender y describir la realidad. Cuando la norma se rebaja, también se reduce la capacidad de pensar con claridad. 

(Reproducción, casi en su totalidad, de un artículo publicado en EL MUNDO, 12 enero 2026).  


 






viernes, 13 de febrero de 2026

El marxismo como moral

 







































Madrid, 1970. 191 páginas.
Alianza Editorial.

  




Este libro de Alianza Editorial nos fue recomendado por el profesor Javier Fernández del Moral en quinto curso de carrera, pero en ese momento estaba ya agotado, pese a las tres ediciones que había lanzado AE.


Lo pude conseguir, sin embargo, el jueves 23 de febrero de 1978. Ese día asistí a una conferencia de José Luis López Aranguren en la Fundación Tabacalera Española, junto al Museo de Cera de Madrid. Al terminar el conferenciante su intervención me acerqué a él y le manifesté mi interés en conseguir el libro. Amablemente, Aranguren me invitó a ir con él a su casa, en la calle Zurbano, y me regaló un ejemplar, que me dedicó.

En este ensayo se hace un análisis de los aspectos morales del marxismo en la política práctica y se aborda el problema de la violencia y el terror (la debatida cuestión del fin y los medios) y la vigencia del papel de la Unión Soviética, Cuba y China como modelos revolucionarios. Con su claridad habitual, el filósofo traza una breve historia del marxismo desde el punto de vista de la ética, y dedica una especial atención al revisionismo de Bernstein y Kautsky, al leninismo, al stalinismo, al redescubrimiento del pensamiento del joven Marx, al concepto de alienación y al enfoque estructuralista de la escuela de Althuser.     









"Calumnista político"

 
















Jaume Perich (1941-1995)





martes, 10 de febrero de 2026

Cine y periodismo



 
























Barcelona, 2004. 160 páginas.

Ediciones del Serbal.

 




Sus páginas abordan el trabajo de cineastas que a lo largo de la historia se han sentido periodistas y rodado noticiarios y documentales. Esta clase de cine recibía el nombre de complementos. No porque el cine sea complementario del periodismo -que lo es-, sino porque noticiarios y documentales rellenaban un espacio en la programación de las salas. Los que elaboran las noticias no son noticia y quizá por eso la prensa apenas les ha prestado atención. Profesionales del periodismo, bien mediante anónimos noticiarios -el Cinematógrafo nació con ellos- o raros documentales, han ayudado a escribir la historia del séptimo arte. “El cine es la prensa de estos tiempos”, se proclamaba ya a principios del siglo XX y se hacía notar la asociación de ambas actividades.

Carlos María Tosantos Amigo, periodista castellano-leonés afincado en Madrid, trabajó en la agencia Efe y ha sido colaborador de Cuadernos para el Diálogo y Tiempo de Historia, entre otras publicaciones.  






viernes, 6 de febrero de 2026

Entrevista a Jaime Campmany

 









            ENTREVISTA                


“La prensa española está demasiado cargada de política pequeña y superficial”

 

HIGINIO DEL RÍO 

Eso que se llama ‘prensa de derechas’ a veces es más liberal, más comprensiva de posiciones de izquierda y más asumidora de opiniones que están en lo que tradicionalmente llamamos izquierda que la propia prensa de izquierdas. Lo que pasa es que en España todavía se quiere identificar a la derecha con el régimen anterior, y entonces es una manera de descalificar el decir: “bueno, esto es prensa de derechas”.


- ¿Y qué diferencia hay entre esta revista tuya (Época) y el órgano de expresión de Alianza Popular?

La independencia. Nosotros no estamos aquí para predicar una postura política. El sambenito nos lo colocaron nada más salir a la calle, pero nos lo hemos quitado de encima de una manera clara: en todas las crisis que ha tenido la derecha hemos opinado tan severamente o más que cuando analizamos alguna medida del Gobierno socialista.   

 

A Jaime Campmany y Díaz de Revenga (Murcia, 1925), columnista político de prestigio, no hay quien lo apee del burro. A su modo de ver, se están produciendo confusiones que sería menester aclarar. "Hasta que no pasen unos años más y la izquierda pierda ese carácter de movimiento en contra del franquismo y se vea hasta dónde ama de verdad las libertades; y la derecha se quite el sambenito de haber apoyado a un régimen dictatorial y se vea hasta qué punto defiende las libertades, estos términos no quedarán purificados". 

Diariamente en ABC y semanalmente en Época, Jaime Campmany susurra al oído de sus lectores -gentes que probablemente están más convencidas que él mismo de que Alfonso Guerra es un ogro- el repiquete de que los socialistas son muy malos y no dan una. Hay un paternalismo socarrón en los articulistas como él. A la derecha, que ve La Moncloa todavía muy lejana y sigue buscando recambios para la travesía del desierto, se le ha ido Fraga pero le queda la artillería pesada de los columnistas como Campmany.

Con el director de Época, los socialistas no llevan frío. En sus “cartas batuecas” suele escribir cosas como éstas dedicadas a José María Maravall: “¡Pero, hombre, señor ministro de Educación, se habrá quedado usted descansado con ese verbo que se ha inventado y que tan bien le va a lo que está usted haciendo en el Ministerio. Primero, se dedica su excelencia a ‘demolir’ la enseñanza, y después se ocupa en ‘demolir’ la gramática. Hijo mío, viene usted mal preparado al cargo. ¡Ay, señor ministro, que usted, antes que un ministerio, necesita un pupitre!”

Le gusta indicar a la izquierda el camino que ha de seguir: el de la socialdemocracia, la domesticación, la desmarxistización, el acto de contrición, el chaquet, la reprivatización de Rumasa… Siempre verá a los nuevos inquilinos del poder como unos sujetos gravemente faltos de experiencia de Estado.

Reconoce que la prensa española está “demasiado cargada en este momento de política pequeña, superficial, somera”.


- Quizá los columnistas tenéis parte de culpa. 

 A veces se nos reprocha que estamos convirtiendo la política en chisme, y yo creo que no, que son los políticos. No encuentro en la derecha ni en la izquierda ni en el centro señores que se dediquen seriamente a elaborar programas políticos, a tener eso que se llama un pensamiento político y a fundamentar una ideología. Me encuentro con unos señores que desprecian la cultura, que no saben hablar ni fundamentar un discurso ni siquiera en las ideas de los intelectuales de su propio partido.

Yo sé que muchas veces exagero la crítica y lo hago adrede porque el columnista no puede pretender hacer un ensayo todos los días en el periódico. Lo que hago es comentar irónicamente unos hechos y hacer que la gente medite sobre ellos. La labor del comentarista político consiste más en sacudir palos a los señores que tienen la responsabilidad de gobernar.    


Resumen de una entrevista publicada en HOJA DEL LUNES de Oviedo el 11 de enero de 1988.

Jaime Campmany falleció en 2005, a los ochenta años.  

 

 


 

 








La salida de EL PAÍS

 














 

                                                   

                                 
                                                                  José María Pérez González 
                                                                                      (Peridis).


miércoles, 4 de febrero de 2026

"50 años de aquel 20N de 1975, toda una vida"

 

Fernando GRANDA           



Franco ha muerto

Franco ha muerto 

Franco ha muerto

Escalonadamente, así saltó el teletipo de Europa Press aquella madrugada del 20 de noviembre de 1975, creo recordar que minutos antes de las cinco de la madrugada. Cuenta ahora el ex rey, Juan Carlos I, que "a demanda de su hija, se le dejó morir". No sé si esto fuera cierto, después de tantos días de agonía. 

En la redacción de Nuevo Diario estábamos solamente el empleado del departamento de teletipos, donde también había un primitivo fax por el que recibíamos algunos documentos gráficos. Tras ese teletipo escueto pusimos en marcha a la redacción y la maquinaria de impresión y al amanecer fueron apareciendo periódicos con la noticia y diverso tratamiento informativo. Televisión Española, la única en aquella época, apareció más negra que de costumbre. Si ya emitía en blanco y negro, esa mañana Carlos Arias Navarro, presidente del Gobierno, vestido con un traje negro, apareció tenebrosamente negro y con un semblante sollozante y lacónico: "Españoles... Franco ha muerto"

Llevábamos en los diarios preparando el acontecimiento con informes sobre los últimos acontecimiento y sobre la larga historia del franquismo, aunque sobre ésta fueran diferentes las versiones de cada medio. Pero prácticamente todo estaba ya previsto. Desde hacía varias semanas en las redacciones de agencias, periódicos y medios radiofónicos radicados en Madrid se mantenía una guardia permanente, noche y día, con retenes continuos en el gran hospital donde se encontraba el mandatario, aunque al principio hubiese ciertas dudas sobre su estancia en distintas instituciones sanitarias del Estado, ya que durante su flebitis del año anterior había sido internado en otra clínica hospitalaria. 

Personalmente realicé un sinnúmero de guardias nocturnas en las salas de espera del gran hospital de La Paz, donde se mantenía muy poca infraestructura de comunicaciones para informaciones de emergencia. Además, la cafetería de la sede sanitaria se encontraba en un pequeño inmueble fuera del gran edificio hospitalario, por lo que había que salir para conseguir un café o algún alimento de sostenimiento para resistir las horas de guardia nocturna. 


Medios mimetizados


No recuerdo que fuese un otoño frío en demasía pero sí triste en cuanto al sol y lluvias. El amanecer de ese 20 de noviembre (20N) sí fue gris y frío. Y, por supuesto, los medios se mimetizaron con la noticia tornando sus portadas con color en negro, un luto que prácticamente llevaba preparado hacía tiempo a la espera de la posible ilustración gráfica del momento. ¿Significaba aquella muerte una liberalización de las publicaciones? Ni mucho menos. Las portadas daban la respuesta clara, la foto del fallecido ya decrépito o del presidente Arias Navarro lo decía todo. Y el "testamento" de la instauración monárquica lo refrendaba. La prensa ya llevaba una temporada en guardia: el 27 de septiembre con los fusilamientos de condenados por terrorismo; la "descolonización" del Sahara con el envalentamiento -por sus primeros éxitos con la detención de pesqueros españoles en aguas saharianas desde el año 1972- de Hassan II lanzando la Marcha Verde, el surgimiento de asociaciones políticas, no partidos... Días más tarde se confirmó en el hecho de las manifestaciones habidas en Madrid, una ante el edificio donde tomó posesión Juan Carlos I, otra ante la fachada de la cárcel de Carabanchel donde se exigía la liberación de los presos políticos que el franquismo mantenía encerrados, sindicalistas y políticos contrarios a la dictadura. La represión continuó y fueron numerosos los detenidos, entre otros, varios periodistas.  

Mi pertenencia a la redacción de Nuevo Diario me llevó a realizar bastantes retenes nocturnos en la fría sala de espera del hospital de La Paz, y luego en la redacción del periódico de la calle Padre Damián, a unos centenares de metros del estadio Santiago Bernabéu y apenas dos kilómetros del centro hospitalario donde permanecía Franco "totalmente consciente", según relata en su libro el ex rey. 

En la redacción del periódico madrileño, que salió por primera vez a la calle un día 8 de septiembre de 1967, fiesta de Covadonga, llevaba unos cinco años, la mayoría en labores de cierre de las ediciones. 

Meses después de aquel 20N, el 23 de febrero de 1976, Lucas María de Oriol, que se había hecho con el diario tras diversos cambios de propietario, decidió cerrar el periódico, que entonces ya no representaba al ala liberal del Opus Dei fundador. 

Cuando salimos de la redacción con la primera edición de ND la televisión ofrecía la negra imagen de Arias Navarro dando la noticia. Ya oímos algunas voces gritando "Franco, Franco". Llevábamos más de 39 años de restricciones informativas, sin democracia.  


(Publicado en LA NUEVA ESPAÑA, 20 de noviembre 2025). 









España en los años 70