ENTREVISTA
“Los periódicos no hablan más que de política, y algunos artículos son en clave”
HIGINIO DEL RÍO
Subiendo en el ascensor con Camilo José Cela (Padrón,
La Coruña, 1916) hasta su habitación del hotel Miguel Ángel, este periodista se
siente elevado de la mano de su santo preferido. Es un trayecto corto, en compañía
de un botones con cara de personaje de la novela picaresca que va cargado de
bultos.
Ya en la habitación, lo primero que hace Cela es
llamar a la manicura. Pero sucede que le han dado una habitación que no es la
suya, y nos tenemos que ir con los bártulos a otra parte en cuanto se advierte
el error. Le comunico a usted, para su
gobierno y efectos que procedan, que me echan de esta habitación y me mandan a
la 720, dice por teléfono a Recepción. Recogemos todo y, sin olvidarnos de
la manicura -silenciosa y observadora como una gheisa-, tomamos de nuevo el
ascensor. ¡Qué disparate! ¡Menudo jaleo
se ha armado! Parezco un yanqui… ¡Qué horror!, comenta en plena ascensión.
- Los españoles, ¿qué tenemos que aprender del Viejo
Continente?
Supongo que a lavarnos
los dientes. Cosas muy elementales. No creo que nos puedan enseñar mucho.
- ¿Y qué podría enseñar España a los europeos?
A torear, coño, que ya
es hora de que vayan aprendiendo estos cabrones.
En la conversación hay muchos caminos y vericuetos en
los que Camilo José Cela accede a meterse. Tanteo sobre mil cosas, y la charla se
va construyendo a salto de mata, sin cuestionario, arañando muchas cosas.
Considera el novelista que el nuestro es un pueblo de
animales sagrados: así como la vaca es el
animal sagrado de la India -explica- y
el perro el animal sagrado de Inglaterra, aquí primero lo eran los curas. Luego
fueron desbancados por los arquitectos, que se cargaron todo el país, y ahora
quizá lo sean los sociólogos. Estos son también muy pesados… A lo mejor,
capándolos mejoraban.
Lo dice todo muy serio, sin quitar ojo a los movimientos
silenciosos de la empleada del hotel sobre sus manos y dedos.
- Hay quien apunta que los sociólogos, con sus análisis,
están metiendo el pesimismo en la gente.
Antes no había de eso.
La gente come caliente y tiene una señora a la que agarrarse, y no le dan
depresiones. Eso es de maricones. Si la gente trabaja, no le dan estas cosas…
¿verdad usted?, interroga a la manicura, que asiente con una leve y prudente inclinación de cabeza.
CULTURA Y DIRIGISMO CULTURAL
- ¿Está mejorando la vida cultural en España?
¿A mí qué más me da
eso? Estará bien, seguramente… No sé.
- Se habla mucho de la “movida madrileña”.
Y antes se hablaría de
la movida de los cojones… Nada, hombre, ni caso. Al contrario: no creo que la
cultura esté en un buen momento.
- ¿Y no le interesa a usted saber si la gente se culturiza y
si la acción del Gobierno progresa en este campo?
En abstracto, deseo que
una persona sea culta, naturalmente. Como deseo que esté sana, coño. Lo
contrario sería una cabronada: “Ojala coja usted un tifus, para que escarmiente”…
No, coño. Desear esto sería una faena… “Ojala no aprenda usted jamás la regla
de tres”. Tampoco… Pero no hay que plantearlo como problema de gobierno. El
dirigismo cultural es lamentable.
- ¿Se da mucho dirigismo actualmente?
Puede ser. Pero no
opino, porque mi reino no es de este mundo. La política práctica para mí no
tiene el menor interés, y creo que es uno de los males de los que está
adoleciendo España. Abre usted un periódico, el que quiera, y no hablan más que
de política. Y algunos artículos son en clave: o sea, que tienen un
destinatario. Si usted no sabe quién es ese destinatario, no se entera de nada...
Pero, coño, que no me hablen en clave. Yo también pago mi contribución. Además,
la catequesis y el proselitismo son faltas de educación. Las damas catequistas
y los que hablan en los mítines son unos maleducados… ¡Dejen ustedes que la
gente se vaya al infierno sola, coño! Estas damas catequistas que van a
bautizar murcianos por los suburbios… ¡Coño, déjelos usted en paz!
- Ahora también se mete mucho la gente con los
políticos.
Es que los políticos en
el mundo entero son gente de segunda fila, y a veces de tercera. En olas
familias distinguidas de Inglaterra nadie es político. Aquí yo siempre pongo el
ejemplo de la Institución Libre de Enseñanza: eran los más cultos que había en
su tiempo, y despreciaban la política práctica. Si uno se quería presentar a
diputado, si iba a los toros o frecuentaba los prostíbulos, lo echaban.
Los que estamos al
corriente del pago de la contribución tenemos ahí a unas personas para que nos
administren. Lo único que les exigimos es que lo hagan bien, pero que no mareen
con teorías. Lo que hace falta para que la sociedad funcione es gestión y no
perder el tiempo en declaraciones de principios.
- ¿No se acerca eso al concepto de la tecnocracia?
Yo tengo muy poco que ver
con los tecnócratas, y además, en general, desprecio la técnica. Yo creo en el
pensamiento. Cuando la humanidad haya evolucionado, los países serán gobernados
por una computadora y un pequeño funcionario. No hará falta más.
Tenía yo ganas, al final, de saber si el autor de “La
colmena” sigue el quehacer literario de sus colegas. Me dice que no. Que cada
vez escribe más y lee menos.
Hoy releo, y sólo leo
un libro nuevo si viene recomendado o avalado por alguien. Cuando tenía
veintitantos años leía hasta los prospectos de las medicinas. Hoy no. Por
ejemplo: antes leía los periódicos empezando por la primera página, hasta los
anuncios, y me sabía a poco. Hoy los hojeo. Aquí hay ahora mucho amarillismo:
crímenes pasionales, guardias civiles que matan curas, o curas que cambian de
sexo y ahora son “sor Tomaseta”… ¡Usted verá!
Resumen de una entrevista publicada en la revista CUADROS de Madrid en diciembre de 1987.
Camilo José Cela Trulock falleció en 2002, a los ochenta y seis años.